Voy descalza y el suelo está frío. Me dirijo a la cocina, allí tengo que hacerme el desayuno porque ya no me lo puedes traer al dormitorio y desayunar los dos juntos.
Preparo el café, pero en la cafetera más pequeña, si lo hago en la otra más grande, me sobraría una taza. Corto dos rebanadas de pan y las pongo en el tostador.
Me quedo mirando el café subiendo en la cafetera mientras escucho como se tuesta el pan. Retiro el café del fuego y me lo sirvo en una taza, en mi taza preferida. Le echo leche fría y me acuerdo que a ti siempre se te olvidaba y le echabas la leche muy caliente y yo me quejaba. El pan ya se ha tostado, así que saco la mantequilla y se la unto, y después, unas gotas de miel. Tú siempre tenías una manía muy rara; después de echarle la miel a las tostadas cogías una cucharilla de azúcar y se la espolvoreabas por encima. “Esta miel no está tan dulce como a mi me gusta” me decías mientras me sonreías. Yo nunca la probé, las cosas demasiado dulces no han sido mi fuerte y por eso te hacía bromas sobre eso. Pero esta mañana, después de echarle la miel, cogí una cucharilla de azúcar y se las espolvoreé. Cogí mi desayuno y me fui al salón comedor de nuestro pequeño piso. No puse la televisión, tampoco música. Solamente me quedé mirando el desayuno, tu desayuno. Bebí un sorbo de café, y cogí una de las tostadas.Las probé. Estaban buenas. Aquellas tostadas de azúcar y miel estaban buenas
¿Por qué no estabas aquí para compartirlas conmigo?
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