Susurro tu nombre una y otra vez. No puedes contestarme. Te cojo la mano. Está fría, muy fría. Tus parpados cerrados transmiten calma y tranquilidad…pero yo no me siento tranquila en absoluto. Verte conectada a máquinas y cables no es la ultima imagen que quiero tener de ti. Quiero que vuelvas a reír, que vuelvas a enfadarme, que me repliques por todo, que me quites mi sitio en el ordenador, que entres en mi habitación sin permiso, que digas tacos, que te vuelva decir la frase “si lo repites se lo diré a mamá”, que grites, que me pidas ayuda en los deberes, que te diga “mira que eres torpe” así que por favor…abre los ojos. Mueve la mano. Demuéstrame que sigues aquí. Se me saltan las lágrimas. Si no te hubiera mandado a comprar jarabe, si no hubieras tardado más en arreglarte, si hubieras mirado antes de cruzar ¿seguirías aquí?
Te aprieto más la mano y entierro la cara en tu pecho que se está formando. “Mira, ya puedo usar un sujetador de verdad, como tú” me dijiste hace un par de meses. Aprieto los dientes. Me acurruco junto a ti. Entonces siento un pequeño moviendo en la mano derecha, que es la que te sujeta la mano izquierda. Abro mucho los ojos. Me estas devolviendo el apretón.
-Me estás haciendo daño- oigo por encima de mi cabeza. Miro hacia arriba y ahí están tus ojos, mirándome con una mezcla de tristeza y alegría. Me abalanzo sobre ti y lo único que puedo repetir una y otra vez es “no me dejes nunca, no me dejes nunca” mientras la enfermera y mamá entran en la habitación para ver que es este alboroto.
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